jueves, 9 de enero de 2014

"Pequeña Retales"

Como ya hice una adaptación de "toda clase de pieles", llamada "Retales" para adultos, unas cuantas entradas más abajo, esta vez he decidido modificar esa misma adaptación que hice, para niños. 
Esta adaptación va dedicada a niños del 3º ciclo de Educación Primaria, concretamente a 6º. ¡Espero os guste! 



"Pequeña Retales"

Erase una vez, una adinerada familia  que vivía en un inmenso palacio, dónde el ruido destacaba por su ausencia. Tenía unos jardines rodeados de flores y árboles gigantescos, dónde pasear a su alrededor no era más que un placer para el olfato.
El mejor despertador del palacio era el silbido de los pájaros volando libres por su gigantesca parcela, el cielo.

A la familia Retales, no les faltaba de nada para ser felices, lo tenían todo.
Jardineros que se ocupaban de los inmensos jardines, distintos cocineros para las distintas comidas del día, sirvientes 24 horas, limpiadores para cada parte de la casa, costureros y sastres internos que cosían para la señora de la casa, guardaespaldas y guardianes en las verjas de la mansión, (tanto la principal, la de adelante; como la puerta trasera), chóferes para cada uno de los cinco coches que tenían, caballeros que llevaban las carrozas…

Desgraciadamente, el padre no era tan feliz rodeado de tanto lujo, tenía una enfermedad que superaba la lujuria, un serio problema con una bebida muy mala, dónde intentaba ahogar sus tristes penas y su inmenso dolor y sufrimiento tras ver a su esposa decaer por lo malita que estaba. Se había resfriado un día de invierno, y como no habían medicinas para su enfriamiento, cada vez estaba más malita,  y eso, al fin, no hizo más que entristecer al papá.

El señor y la señora Retales, solo tenían una hija, era preciosa, tenía una melena larga y pesada que se enredaba entre sus rizos de oro, unos ojos saltones y brillantes color miel, se veía que iba a ser alta, y era delgadita, como su madre.

La madre, luchando día a día contra su enfermedad como pudo, finalmente, rendida ante él, dejó que dos angelitos se la llevaran al cielo.

La pequeña Retales era muy niña y no sabía  muy bien de lo que estaba pasando, ella siempre pasaba su tiempo correteando con  los perritos en el jardín, jugueteando con las telas de los sastres, o columpiando su larga melena en la pradera.

La muerte de la mamá no fue más que la última gota que colmó el vaso del padre.
Se sentía  cada vez más solo y su problema se iba haciendo tan grande, hasta llegar incluso a perder el conocimiento.

Desgastado de tanto dolor ya no tenía fuerzas ni ganas para nada, apenas cumplía con su trabajo, tenía muy mal carácter y cada vez se iba quedando más solo y aislado. Sus amigos comenzaron a darle de lado, solo tenía  a su hija.

La pequeña crecía cada vez más rápido, y empezaba a asumir la triste situación. Ella quería mucho a su papá y le daba mucha pena verle así. Veía como se estaba poniendo muy malito poco a poco y  eso le recordaba a su mamá, que ya estaba en el cielo.

Inocente ante la situación, lo cuidaba, consolaba, le daba bastante cariño, iba a su habitación por las noches, le contaba historias, le cantaba canciones, a veces, incluso se quedaba dormida en sus brazos… todos los gestos de cariño que cualquier hija podía darle a un triste y hundido padre, que añoraba el calor de su mujer.

De repente, una fría noche de invierno, el padre intentó pegar a Retales. Asustada, se dio cuenta de que aquello ella sola no podía controlarlo, que su padre estaba enfermando cada vez más, que no controlaba las situaciones, no entendía nada. Ella quería mucho a su padre, pero se dio cuenta que su vida corría peligro a su lado.

Intentó entonces hablar con él, para que se pusiera en manos de médicos pero el se negaba, no quería y cada vez se volvía mas violento y agresivo.

Pequeña Retales, asustada e inquieta ante la situación, decidió, con mucha pena pero a su vez consciencia, sabiduría y madurez abandonar a su padre y huir de su casa, pues su vida corría peligro junto a el .

Pero,  ¿dónde ir? No tenía absolutamente a nadie. No tenía ni familia, ni amigos. Estaba absolutamente desolada, no tenía nada.

Por ello, no fue fácil tomar la decisión de abandonar todo lo que tenía, pero finalmente, lo hizo. Se marchó de casa y fue en busca de trabajo. Ella sabia bordar y coser un poco, ya que en sus tiempos libres acompañaba a los sastres de su casa y con sus retales, hacía manteles juntándolos todos. Además, le parecía divertido apellidarse igual que los trozos de tela que les sobraba.

Así que, tras semanas de búsqueda, encontró trabajo en casa de un sastre, no era un sastre cualquiera, era el más viejo de los sastres que vivía en su antiguo palacio, el que cosía todos los preciosos vestidos de su madre.
Y así comenzó a trabajar, en sus ratos libres se hacia su ropa con los retales que le sobraban al sastre.
Empezó a hacer cosas de diseño muy bonitas y tenía mucha clientela, a la gente le encantaba.
La voz corría cada vez mas rápido, Retales empezó a darse a conocer, y cada vez eran más los encargos que recibía. Cosía desde uniformes para escuelas hasta trajes para reyes y príncipes.

Una mañana, fueron a entrevistarla los jefes del periódico.
El mensajero, como de costumbre, hizo llegar el mensaje a su padre; quién lo recibió,  leyó, y orgulloso llamó a su hija.
Imposible contactar con ella, Retales todavía tenía mucho miedo, no contestaba a las cartas, ni cogía el teléfono cuando sonaba. Ella, no quería ver a su padre. Estaba terroríficamente asustada, y cuando cerraba los ojos veía la triste imagen de su papá intentado pegarle.

Pasaron los meses, y recibió la llamada de un médico, anunciándole que su padre estaba a punto de morir, ingresado en el hospital, y que quería hablar con ella.
Decía que tenía algo muy importante que decirle, y no era otra cosa que pedirle perdón.
Ella, triste aunque siempre constante ante la situación, acudió, habló con su padre, y acepto sus disculpas.
El padre como último que hizo, entregó las llaves del palacio a su hija, para que hiciese de él lo que quisiese.

Triste por la ida de su padre, decidió separarse del sastre maestro. Estaba muy apenada, no sólo era huérfana de madre, sino que por desgracia de padre también. Ella siempre decía que prefería estar lejos de su padre, pero siempre sabiendo que el estaría bien atendido.
Ahora, estaba triste, no rendía en el trabajo, sus lágrimas mojaban los retales, cosía torcido, ya no era como antes.

Pero, a pesar de todo, sabía que no podía dejar de lado ese trabajo y todos los encargos que tenía, por eso, pensándolo mucho y bien, concluyó que era mejor seguir adelante, y no ahogarse en un mar de penas, así que, decidió seguir el taller de costura con su maestro, pero esta vez, en el palacio.

Arrepentida por su ida, pero sabiendo que la iba a comprender, llamo al sastre pidiéndole nueva oportunidad, pero esta vez, de forma distinta; ofreciéndole el palacio. El sastre emocionado, y a la vez incrédulo, no dudo en aceptar en ir con ella, y allí hicieron el nuevo taller. Era grande, ocupaba toda la planta de abajo del palacio, tenían maquinas nuevas. Poco a poco, consiguieron mucho dinero.

Orgullosos de su trabajo, decidieron hacer una exposición en la que acudiría gente de alta sociedad.
Así fue, un 14 de Mayo, cuando el sol que traspasaba la ventana hacía brillar los hermosos diamantes de los vestidos, tuvo lugar esta inmensa exposición.

Todos los reyes de todos los países acudieron, junto a los príncipes y las princesas.
De repente, un flechazo, un rubio, alto, atractivo, de la mano de su madre, la reina de Inglaterra, entraban por las puertas del palacio.
Amor a primera vista. Pequeña Retales, no quería saber más de hombres, andaba asustada todavía, pensaba que cualquier hombre era como su papá y algún día intentaría pegarla y estaba siempre distante ante cualquier hombre que se le cruzara por la calle.

Este día, el 14 de Mayo, pensó de forma distinta; ella fue quien se le acercó a darle la bienvenida a su taller.
El príncipe Erik la miraba de forma especial, y, separándose de su madre, y curioso ante la vida de Retales, decidió acercarse a ella y preguntarle sobre su taller y los trajes que vendía.

A gusto, risueña, inocente y cómoda, inclinó su cabeza, y con una sonrisa picarona asintió y le llevo alrededor de todo el taller para explicarle detalladamente.
El quiso probarse uno de sus trajes, y le acompañó al probador que se situaba en el exterior del palacio, en su inmenso jardín, que era un probador al aire libre con cuatro cortinas para que entrasen a probarse los clientes.

De repente, tropezaron entre los retales escondidos, y cayendo uno encima del otro rompiendo la cortina del probador, se vieron bajo la lluvia. Rápidamente se levantaron y se pusieron los impermeables que estaban dentro del probador para no mojarse.
Y.... mirándose a los ojos, se enamoraron, se besaron, fueron felices, y comieron ¡muchas perdices!




Pasaron los años, y nunca más se volvió a saber de ellos, sólo se obtuvo una foto en el mismo jardín de ellos, pero esta vez, más mayores.



Y colorín colorado, esta adaptación ha acabado.



1 comentario:

  1. Me ha gustado tantísimo el cuento... me ha parecido tan sumamente mono, que te lo voy a aceptar aunque, en esta versión de "Retales" el esqueleto de la historia está más retorcida que un sacacorchos.

    Te recuerdo el esquema del viaje iniciático que subyace al cuento de Toda clase de pieles:

    - La protagonista no puede cumplir algo que su padre le exige.
    - Consigue un poco de tiempo pidiéndole a su padre regalos muy difíciles. Pero él los obtiene.
    - Pide un regalo más, casi imposible de conseguir, pero el rey lo logra.
    - Huye llevándose los recuerdos de su madre y los regalos de su padre.
    - Vive por sus propios medios ocultando su identidad, y luego es encontrada y llevada a un lugar donde nadie sabe quien es y trabaja muy por debajo de su clase social.
    - Se enamora del chico y escoge el momento justo para jugar con su doble identidad (princesa y sirvienta) y lograr que él se enamore de ella.
    - Para conseguirlo utiliza los recuerdos de su madre y los regalos de su padre.
    - Finalmente, el chico cae a sus pies.

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