Como ya hice una adaptación de "toda clase de pieles", llamada "Retales" para adultos, unas cuantas entradas más abajo, esta vez he decidido modificar esa misma adaptación que hice, para niños.
Esta adaptación va dedicada a niños del 3º ciclo de Educación Primaria, concretamente a 6º. ¡Espero os guste!
"Pequeña Retales"
Erase una vez, una
adinerada familia que vivía en un inmenso palacio, dónde el ruido
destacaba por su ausencia. Tenía unos jardines rodeados de flores y árboles
gigantescos, dónde pasear a su alrededor no era más que un placer para el
olfato.
El mejor despertador
del palacio era el silbido de los pájaros volando libres por su gigantesca
parcela, el cielo.
A la familia
Retales, no les faltaba de nada para ser felices, lo tenían todo.
Jardineros que se
ocupaban de los inmensos jardines, distintos cocineros para las distintas
comidas del día, sirvientes 24 horas, limpiadores para cada parte de la casa,
costureros y sastres internos que cosían para la señora de la casa,
guardaespaldas y guardianes en las verjas de la mansión, (tanto la principal,
la de adelante; como la puerta trasera), chóferes para cada uno de los cinco
coches que tenían, caballeros que llevaban las carrozas…
Desgraciadamente, el
padre no era tan feliz rodeado de tanto lujo, tenía una enfermedad que superaba
la lujuria, un serio problema con una bebida muy mala, dónde intentaba ahogar
sus tristes penas y su inmenso dolor y sufrimiento tras ver a su esposa decaer
por lo malita que estaba. Se había resfriado un día de invierno, y como no habían
medicinas para su enfriamiento, cada vez estaba más malita, y eso, al
fin, no hizo más que entristecer al papá.
El señor y la señora
Retales, solo tenían una hija, era preciosa, tenía una melena larga y pesada
que se enredaba entre sus rizos de oro, unos ojos saltones y brillantes color
miel, se veía que iba a ser alta, y era delgadita, como su madre.
La madre, luchando
día a día contra su enfermedad como pudo, finalmente, rendida ante él, dejó que
dos angelitos se la llevaran al cielo.
La pequeña Retales
era muy niña y no sabía muy bien de lo
que estaba pasando, ella siempre pasaba su tiempo correteando con los
perritos en el jardín, jugueteando con las telas de los sastres, o columpiando
su larga melena en la pradera.
La muerte de la mamá
no fue más que la última gota que colmó el vaso del padre.
Se sentía cada
vez más solo y su problema se iba haciendo tan grande, hasta llegar incluso a
perder el conocimiento.
Desgastado de tanto
dolor ya no tenía fuerzas ni ganas para nada, apenas cumplía con su trabajo,
tenía muy mal carácter y cada vez se iba quedando más solo y aislado. Sus
amigos comenzaron a darle de lado, solo tenía a su hija.
La pequeña crecía
cada vez más rápido, y empezaba a asumir la triste situación. Ella quería mucho
a su papá y le daba mucha pena verle así. Veía como se estaba poniendo muy
malito poco a poco y eso le recordaba a su mamá, que ya estaba en el
cielo.
Inocente ante la
situación, lo cuidaba, consolaba, le daba bastante cariño, iba a su habitación
por las noches, le contaba historias, le cantaba canciones, a veces, incluso se
quedaba dormida en sus brazos… todos los gestos de cariño que cualquier hija
podía darle a un triste y hundido padre, que añoraba el calor de su mujer.
De repente, una fría
noche de invierno, el padre intentó pegar a Retales. Asustada, se dio cuenta de
que aquello ella sola no podía controlarlo, que su padre estaba enfermando cada
vez más, que no controlaba las situaciones, no entendía nada. Ella quería mucho
a su padre, pero se dio cuenta que su vida corría peligro a su lado.
Intentó entonces
hablar con él, para que se pusiera en manos de médicos pero el se negaba, no
quería y cada vez se volvía mas violento y agresivo.
Pequeña Retales,
asustada e inquieta ante la situación, decidió, con mucha pena pero a su vez
consciencia, sabiduría y madurez abandonar a su padre y huir de su casa, pues
su vida corría peligro junto a el .
Pero, ¿dónde
ir? No tenía absolutamente a nadie. No tenía ni familia, ni amigos. Estaba
absolutamente desolada, no tenía nada.
Por ello, no fue
fácil tomar la decisión de abandonar todo lo que tenía, pero finalmente, lo
hizo. Se marchó de casa y fue en busca de trabajo. Ella sabia bordar y coser un
poco, ya que en sus tiempos libres acompañaba a los sastres de su casa y con
sus retales, hacía manteles juntándolos todos. Además, le parecía divertido
apellidarse igual que los trozos de tela que les sobraba.
Así que, tras
semanas de búsqueda, encontró trabajo en casa de un sastre, no era un sastre
cualquiera, era el más viejo de los sastres que vivía en su antiguo palacio, el
que cosía todos los preciosos vestidos de su madre.
Y así comenzó a
trabajar, en sus ratos libres se hacia su ropa con los retales que le sobraban
al sastre.
Empezó a hacer cosas
de diseño muy bonitas y tenía mucha clientela, a la gente le encantaba.
La voz corría cada
vez mas rápido, Retales empezó a darse a conocer, y cada vez eran más los
encargos que recibía. Cosía desde uniformes para escuelas hasta trajes para
reyes y príncipes.
Una mañana, fueron a
entrevistarla los jefes del periódico.
El mensajero, como
de costumbre, hizo llegar el mensaje a su padre; quién lo recibió, leyó,
y orgulloso llamó a su hija.
Imposible contactar
con ella, Retales todavía tenía mucho miedo, no contestaba a las cartas, ni
cogía el teléfono cuando sonaba. Ella, no quería ver a su padre. Estaba
terroríficamente asustada, y cuando cerraba los ojos veía la triste imagen de su
papá intentado pegarle.
Pasaron los meses, y
recibió la llamada de un médico, anunciándole que su padre estaba a punto de
morir, ingresado en el hospital, y que quería hablar con ella.
Decía que tenía algo
muy importante que decirle, y no era otra cosa que pedirle perdón.
Ella, triste aunque
siempre constante ante la situación, acudió, habló con su padre, y acepto sus
disculpas.
El padre como último
que hizo, entregó las llaves del palacio a su hija, para que hiciese de él lo
que quisiese.
Triste por la ida de
su padre, decidió separarse del sastre maestro. Estaba muy apenada, no sólo era
huérfana de madre, sino que por desgracia de padre también. Ella siempre decía
que prefería estar lejos de su padre, pero siempre sabiendo que el estaría bien
atendido.
Ahora, estaba
triste, no rendía en el trabajo, sus lágrimas mojaban los retales, cosía
torcido, ya no era como antes.
Pero, a pesar de
todo, sabía que no podía dejar de lado ese trabajo y todos los encargos que
tenía, por eso, pensándolo mucho y bien, concluyó que era mejor seguir
adelante, y no ahogarse en un mar de penas, así que, decidió seguir el taller
de costura con su maestro, pero esta vez, en el palacio.
Arrepentida por su
ida, pero sabiendo que la iba a comprender, llamo al sastre pidiéndole nueva
oportunidad, pero esta vez, de forma distinta; ofreciéndole el palacio. El
sastre emocionado, y a la vez incrédulo, no dudo en aceptar en ir con ella, y
allí hicieron el nuevo taller. Era grande, ocupaba toda la planta de abajo del
palacio, tenían maquinas nuevas. Poco a poco, consiguieron mucho dinero.
Orgullosos de su
trabajo, decidieron hacer una exposición en la que acudiría gente de alta
sociedad.
Así fue, un 14 de
Mayo, cuando el sol que traspasaba la ventana hacía brillar los hermosos
diamantes de los vestidos, tuvo lugar esta inmensa exposición.
Todos los reyes de
todos los países acudieron, junto a los príncipes y las princesas.
De repente, un
flechazo, un rubio, alto, atractivo, de la mano de su madre, la reina de
Inglaterra, entraban por las puertas del palacio.
Amor a primera
vista. Pequeña Retales, no quería saber más de hombres, andaba asustada todavía,
pensaba que cualquier hombre era como su papá y algún día intentaría pegarla y
estaba siempre distante ante cualquier hombre que se le cruzara por la calle.
Este día, el 14 de
Mayo, pensó de forma distinta; ella fue quien se le acercó a darle la
bienvenida a su taller.
El príncipe Erik la
miraba de forma especial, y, separándose de su madre, y curioso ante la vida de
Retales, decidió acercarse a ella y preguntarle sobre su taller y los trajes
que vendía.
A gusto, risueña,
inocente y cómoda, inclinó su cabeza, y con una sonrisa picarona asintió y le
llevo alrededor de todo el taller para explicarle detalladamente.
El quiso probarse
uno de sus trajes, y le acompañó al probador que se situaba en el exterior del palacio, en su inmenso jardín, que era un probador al aire libre con cuatro cortinas para que entrasen a probarse los clientes.
De repente, tropezaron entre los
retales escondidos, y cayendo uno encima del otro rompiendo la cortina del probador, se vieron bajo la lluvia. Rápidamente se levantaron y se pusieron los impermeables que estaban dentro del probador para no mojarse.
Y.... mirándose a los ojos, se enamoraron, se besaron, fueron felices,
y comieron ¡muchas perdices!
Pasaron los años, y nunca más se volvió a saber de ellos, sólo se obtuvo una foto en el mismo jardín de ellos, pero esta vez, más mayores.



Me ha gustado tantísimo el cuento... me ha parecido tan sumamente mono, que te lo voy a aceptar aunque, en esta versión de "Retales" el esqueleto de la historia está más retorcida que un sacacorchos.
ResponderEliminarTe recuerdo el esquema del viaje iniciático que subyace al cuento de Toda clase de pieles:
- La protagonista no puede cumplir algo que su padre le exige.
- Consigue un poco de tiempo pidiéndole a su padre regalos muy difíciles. Pero él los obtiene.
- Pide un regalo más, casi imposible de conseguir, pero el rey lo logra.
- Huye llevándose los recuerdos de su madre y los regalos de su padre.
- Vive por sus propios medios ocultando su identidad, y luego es encontrada y llevada a un lugar donde nadie sabe quien es y trabaja muy por debajo de su clase social.
- Se enamora del chico y escoge el momento justo para jugar con su doble identidad (princesa y sirvienta) y lograr que él se enamore de ella.
- Para conseguirlo utiliza los recuerdos de su madre y los regalos de su padre.
- Finalmente, el chico cae a sus pies.