"Retales"
Érase una vez, una adinerada familia
que vivía en un inmenso palacio, dónde el ruido destacaba por su
ausencia. Tenía unos jardines rodeados de flores y árboles gigantescos, dónde
pasear a su alrededor no era más que un placer para el olfato.
El mejor despertador del palacio era el silbido de los pájaros volando
libres por su gigantesca parcela, el cielo.
A la familia Retales, no les faltaba de nada para ser felices, lo tenían
todo.
Jardineros que se ocupaban de los inmensos jardines, distintos cocineros para
las distintas comidas del día, sirvientes 24 horas, limpiadores para cada parte
de la casa, costureros y sastres internos que cosían para la señora de la casa,
guardaespaldas y guardianes en las verjas de la mansión, (tanto la principal,
la de adelante; como la puerta trasera), chóferes para cada uno de los cinco
coches que tenían, caballeros que llevaban las carrozas…
Desgraciadamente, el padre no era tan feliz rodeado de tanto lujo, tenía
una enfermedad que superaba la lujuria, un serio problema con el alcohol, dónde
intentaba ahogar sus tristes penas y su inmenso dolor y sufrimiento tras ver a
su esposa decaer por el cáncer que la consumía poco a poco, y eso, al fin, no hizo mas que arrastrarles a
la desgracia y la ruina.
El señor y la señora Retales, solo tenían una hija, era preciosa, tenía una
melena larga y pesada que se enredaba entre sus rizos de oro, unos ojos
saltones y brillantes color miel, se veía que iba a ser alta, y era delgadita,
como su madre.
La madre, luchando día a día contra su cáncer como pudo, finalmente,
rendida ante él, falleció.
La pequeña Retales era muy niña y no se enteraba muy bien de lo que estaba
pasando, ella siempre pasaba su tiempo jugando con los perritos en el jardín, jugueteando con
las telas de los sastres, o columpiando su larga melena en la pradera.
La muerte de la madre no fue más que la última gota que colmó el vaso del
padre.
Se sentía cada vez más solo y su
problema se iba agravando hasta llegar incluso a perder el conocimiento.
Desgastado de tanto dolor ya no tenía fuerzas ni ganas para nada, apenas
cumplía con su trabajo, tenía muy mal carácter y cada vez se iba quedando más
solo y aislado. Sus amigos comenzaron a darle de lado, solo tenía a su hija.
La pequeña crecía cada vez más rápido, y empezaba a asumir la triste
situación. Ella quería mucho a su padre y le daba mucha pena verle así. Veía
como su padre se estaba matando poco a poco y
se hundía cada vez más en el fango.
Inocente ante la situación, lo cuidaba, consolaba, le daba bastante cariño,
iba a su habitación por las noches, le contaba historias, le cantaba canciones,
a veces, incluso se quedaba dormida en sus brazos… todos los gestos de cariño
que cualquier hija podía darle a un triste y hundido padre, que añoraba el
calor de su mujer.
De repente, una fría noche de invierno, el padre intentó abusar de ella.
Asustada, se dio cuenta de que aquello ella sola no podía controlarlo, que su
padre estaba enfermando cada vez más, que no controlaba las situaciones, no
entendía nada. Ella quería mucho a su padre, pero se dio cuenta que su vida
corría peligro a su lado.
Intentó entonces hablar con el, para que se pusiera en manos de médicos
pero el se negaba, no quería y cada vez se volvía mas violento y agresivo.
Pequeña Retales, asustada e inquieta ante la situación, decidió, con mucha
pena pero a su vez consciencia, sabiduría y madurez abandonar a su padre y huir
de su casa, pues su vida corría peligro junto a el .
Pero, ¿dónde ir? No tenía
absolutamente a nadie. No tenía ni familia, ni amigos. Estaba absolutamente
desolada, no tenía nada.
Por ello, no fue fácil tomar la decisión de abandonar todo lo que tenía,
pero finalmente, lo hizo. Se marchó de casa y fue en busca de trabajo. Ella
sabia bordar y coser un poco, ya que en sus tiempos libres acompañaba a los
sastres de su casa y con sus retales, hacía manteles juntándolos todos. Además,
le parecía divertido apellidarse igual que los trozos de tela que les sobraba.
Así que, tras semanas de búsqueda, encontró trabajo en casa de un sastre,
no era un sastre cualquiera, era el más viejo de los sastres que vivía en su
antiguo palacio, el que cosía todos los preciosos vestidos de su madre.
Y así comenzó a trabajar, en sus ratos libres se hacia su ropa con los
retales que le sobraban al sastre.
Empezó a hacer cosas de diseño muy bonitas y tenía mucha clientela, a la
gente le encantaba.
La voz corría cada vez mas rápido, Retales empezó a darse a conocer, y cada
vez eran más los encargos que recibía. Cosía desde uniformes para escuelas
hasta trajes para reyes y príncipes.
Una mañana, fueron a entrevistarla los jefes del periódico.
El mensajero, como de costumbre, hizo llegar el mensaje a su padre; quién
lo recibió, leyó, y orgulloso llamo a su
hija.
Imposible contactar con ella, Retales todavía tenía mucho miedo, no
contestaba a las cartas, ni cogía el teléfono cuando sonaba. Ella, no quería
ver a su padre. Estaba terroríficamente asustada, y cuando cerraba los ojos
veía la triste imagen de un viejo alcohólico intentando abusar y aprovecharse
de ella.
Pasaron los meses, y recibió la llamada de un médico, anunciándole que su
padre estaba a punto de morir, ingresado en el hospital, y que quería hablar
con ella.
Decía que tenía algo muy importante que decirle, y no era otra cosa que
pedirle perdón.
Ella, triste aunque siempre constante ante la situación, acudió, habló con
su padre, y acepto sus disculpas.
El padre como último que hizo, entregó las llaves del palacio a su hija,
para que hiciese de él lo que quisiese.
Triste por la ida de su padre, decidió separarse del sastre maestro. Estaba
muy apenada, no sólo era huérfana de madre, sino que por desgracia de padre
también. Ella siempre decía que prefería estar lejos de su padre, pero siempre
sabiendo que el estaría bien atendido.
Ahora, estaba triste, no rendía en el trabajo, sus lágrimas mojaban los
retales, cosía torcido, ya no era como antes.
Pero, a pesar de todo, sabía que no podía dejar de lado ese trabajo y todos
los encargos que tenía, por eso, pensándolo mucho y bien, concluyó que era
mejor seguir adelante, y no ahogarse en un mar de penas, así que, decidió
seguir el taller de costura con su maestro, pero esta vez, en el palacio.
Arrepentida por su ida, pero sabiendo que la iba a comprender, llamo al
sastre pidiéndole nueva oportunidad, pero esta vez, de forma distinta;
ofreciéndole el palacio. El sastre emocionado, y a la vez incrédulo, no dudo en
aceptar en ir con ella, y allí hicieron el nuevo taller. Era grande, ocupaba
toda la planta de abajo del palacio, tenían maquinas nuevas. Poco a poco,
consiguieron mucho dinero.
Orgullosos de su trabajo, decidieron hacer una exposición en la que
acudiría gente de alta sociedad.
Así fue, un 14 de Mayo, cuando el sol que traspasaba la ventana hacía
brillar los hermosos diamantes de los vestidos, tuvo lugar esta inmensa
exposición.
Todos los reyes de todos los países acudieron, junto a los príncipes y las
princesas.
De repente, un flechazo, un rubio, alto, atractivo, de la mano de su madre,
la reina de Inglaterra, entraban por las puertas del palacio.
Amor a primera vista. Retales, no quería saber más de hombres, andaba
asustada todavía por el trauma que había supuesto aquella noche con su padre.
Siempre distante ante cualquier hombre que se le cruzara por la calle.
Este día, el 14 de Mayo, pensó de forma distinta; ella fue quien se le
acercó a darle la bienvenida a su taller.
El príncipe la miraba de forma especial, y, separándose de su madre, y
curioso ante la vida de Retales, decidió acercarse a ella y preguntarle sobre
su taller y los trajes que vendía.
A gusto, risueña, inocente y cómoda, inclinó su cabeza, y con una sonrisa
picarona asintió y le llevo alrededor de todo el taller para explicarle
detalladamente.
El quiso probarse uno de sus trajes, y le acompañó al probador.
Tropezaron entre los retales escondidos, y cayendo uno encima del otro,
surgió el amor.
Y colorín colorado, esta adaptación ha acabado.